Había una vez un rincón olvidado en la memoria, tanto más olvidado que los años la habían comenzado a llenar de huecos y atajos.

Rostros, nombres, huellas de un pasado lejano, tal vez falso... falsificado por la bruma de los años y el deseo de un pasado feliz. Porque, qué vida se podría llevar hoy si el pasado no fuera feliz?

En primer lugar, dos rostros aparecen, magnificados por las huellas del humito, de un humito muy prosaico y poco iluminado. El primero es un sempiterno sonriente de formas redondeadas y ensortijadas ideas. El segundo es un afilado perfil que no logra disimular detrás de su cinismo el inmenso amor que profesa al mundo.

Y al mirar al espejo, ningun rostro aparece... apenas una idea de lo que podria haber sido ese pasado pluscuamperfectible a más no poder.

Un altar existe, existía, en el mezzanine candelarino. Un tornamesa precariamente balanceado para resistir las oscilaciones de los discos de vinilo y las vibraciones de los bajos amplificadas por el piso de madera. Una guitarra de seis cuerdas, precariamente afinada para explicar la desarmante simpleza de Pink Floyd y el increible virtuosismo de Los Tres Diamantes. Un libro precariamente fotocopiado para que tres pares de ojos pudieran descifrar los códigos secretos de Borges y Cortazar.

Esta es la versión/visión que logro desenterrar (o que quiero encontrar) y si no es cierta, pues tanto mejor... los hombres tenemos derecho a re-construir nuestra historia personal como se nos venga en gana... o no?

"La memoria de los viejos es sumamente sospechosa... El niño en cambio es más fiel a los hechos ... guarda la historia esencial sin falsificarla, tiene una memoria selectiva, pero en la medida que el hombre envejece es sustituida por una memoria falsa." Alvaro Mutis [Nunca te he leido, pero con esta frase ya me caiste mal, que vaina]